No me atreví a mirar atrás, mas bien buscaba centrar mi atención en la liturgia. Todo iba bien, nada fuera de lo normal, Evangelio, homilía, presentación de ofrendas, la consagración, etc. Hasta que llegó el momento de la Comunión.
Fue cuando me di cuenta que desde atrás venía un hombre a paso lento y con un andador ortopédico, cantando como mejor podía con voz fuerte, ronca y gangosa. Molestando a los demás, pero agradando como mejor podía a Dios. Este hombre tiene algún tipo de discapacidad física y mental.
Una mujer alcanzó a decirle "No grite! Molesta a los demás!" y este hombre que no le entendió muy bien y quedo algo aturdido, se quedó callado y comulgó como el resto. Y de camino a su puesto volvió a cantar, fuerte y descoordinado!, e incluso mas contento que antes.
Su alegría y su sencillez me traspasaron, no pudo ser de otra forma. Y me sentí mal por haber juzgado al hombre. Me sentí mal por haber pensado por un momento que la misa son cosas como "dentro de lo normal" y "etc". Me sentí como aquella mujer que le gritó sin mas razón que su comodidad. Me sentí como el fariseo en el templo creyéndome justificado sin humillarme, y ese hombre fue sin duda el reflejo del publicano.
Este hombre en la misa fue un detalle del Señor. En el vi reflejada la alegría de quien sale al encuentro de Dios con humildad, ofreciéndole todo lo que tiene, tan sencillo como su corazón. Dios no va a mirar nada mas. Al contrario, lo va a acoger con amor, tal como me acoge a mi, quizás mas enfermo que el hombre, tal como he visto hacerlo al Papa hace a un tiempo.
Lo único que pude hacer fue agradecerle a Dios de rodillas por este hombre, pedir por su salud, y por la mujer que le gritó. Mi sensibilidad me arranca un par de lágrimas, y le pido a Dios que me enseñe a ser como aquel discapacitado, libre de mis complejos tontos y mas abierto al encuentro con los demás.
Dios se ha mostrado hoy, y se ha hecho tan cercano que lo vi en un hombre enfermo y luego se quedó conmigo en la comunión. Son esos detalles que uno atesora en el alma.